Domingo de Pascua de resurrección. Una luz vuelve a brillar en medio de las tinieblas de muerte. Jesús ha resucitado.

La escena que nos relata el evangelio de Mateo describe a María Magdalena y a la otra María yendo al sepulcro (28:1). Ese tiempo de camino se parece tanto al nuestro. Ellas van empujadas por el amor a su maestro, pero ya sin la esperanza de un nuevo tiempo. Van acompañadas, me imagino, recordando cómo el encuentro con Jesús cambió sus vidas, pero al mismo tiempo con el pesar de que todo ha terminado.
El camino de María Magdalena y la otra María hacia la tumba sale al encuentro de nuestros cansancios, desencantos y tentaciones de tirar la toalla. Experimentamos cómo el poder de muerte se transforma en ley; sentimos la indiferencia ante el sufrimiento de las-os otras-os a quienes se deshumaniza (mientras no suba el precio del petróleo, por supuesto). Gritos de guerra o desaforados gritos de odio se acompasan con mentiras y un coro disonante en redes sociales aplaude e insultan. Más aún esos lenguajes extraños se disfrazan de “evangelio”. Lobos disfrazados de corderos que acechan el rebaño de Jesús.
Mateo no lo relata, pero podríamos preguntarnos cómo habrán sido aquellos días en la fortaleza Antonia, en el templo de Jerusalén. ¿Habrán conocido el dicho “muerto el perro se acabó la rabia”? ¿Habrá habido festejos por la quirúrgica captura de Jesús, su “juicio” nocturno, y su rápida ejecución? Seguramente el templo se aprontaba para recibir nuevamente a vendedores y cambistas.
El domingo de Pascua de resurrección no puede olvidarse del viernes de crucifixión. Dios ha resucitado a quien con mansedumbre (Mateo 21:5; 11:29) reveló las violencias que su pueblo sufría. Dios ha resucitado a quien anunció con palabras y gestos un nuevo tiempo, el reino de los cielos que se acercaba. En él encontraban comunidad quienes fueron excluidas y excluidos. La mujer cananea y su hija se hicieron un lugar (15:21-28); los endemoniados de Gerasa fueron sanados y bienvenidos (8:28-34); niñas y niños se volvieron el centro de su comunidad (18:2) y animó que ser grande es servir (20:24). Así era la comunidad de Jesús. Por eso fue crucificado. Pero, también, justamente por eso fue resucitado. La resurrección de Jesús es la voluntad de Dios de afirmar su reino de paz y comunión.
Por eso el mensaje que María Magdalena y la otra María deben decir a los discípulos es que ha resucitado y que irá delante de ustedes, de nosotras-os, a Galilea. Allí lo verán, allí lo veremos (28:7): volviendo a empezar el sueño de Dios para sus hijas e hijos, para toda su creación.
Darío Barolin
Integrante de Mesa Valdense
Muy lindo mensaje, querido pastor, y muy reflexivo el hecho de considerar que al igual que hoy en día, hubo dos escenarios. Los que disfrutaban de la presencia del Señor entre ellos y los que quizas creian que aquella historia ya habia terminado en la cruz. Para los que vivimos bajo el Señorio de Jesús, hoy podemos disfrutar del recuerdo de un momento trasendental en nuestras vidas, Cristo esta vivo y con nosotros hoy y siempre. Aleluya. Feliz pascua de resurreccion para todos los hermanos y un bendecido año.