Porque todos ustedes, los que han sido bautizados en Cristo, están revestidos de Cristo. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, sino que todos ustedes son uno en Cristo Jesús. (Gal 3:26-28)

Este himno bautismal rescatado por Pablo en su carta a los Gálatas, invitaba a pensarse a las primeras comunidades lejos de sus divisiones étnicas, doctrinales, imperiales, de género, de las leyes ordinarias, para sentirse semejante entre hermanas que aceptan una misma misión, un mismo compromiso con un proyecto de paz y justicia. Semanas atrás dialogamos al respecto en el Equipo de Ecoteología y veíamos en esta parte de Las Escrituras, una clara invitación primera a un sentir ecuménico, necesario para que el Reino tenga lugar. “Para mí el ecumenismo siempre fue eso, el encuentro de cualquiera que se sienta comprometido con el cuidado de la casa común”, se escuchó tajante. Y la figura del bautismo, en este caso, no es inocente.
En la Revista Saberes a la Mesa #3, el profesor presbiteriano David L. Stubbs señala que “el bautismo encierra un enorme potencial ecológico a la espera de ser descubierto(…) A raíz del cambio climático, la mayoría de las religiones están revisando y reformulando su ecología y su cosmología.¿Cómo deberíamos reformular nuestra espiritualidad y práctica cristianas para ofrecer sanación a esta tierra dañada?(…)La persona bautizada, además de ser aceptada y purificada mediante el agua, como señal de que Dios la ha adoptado y perdonado, hace profesión de fe y promete vivir una vida renovada que refleje el propósito de Dios para los seres humanos.(…) En este tiempo de renovada conciencia ecológica, haríamos bien en revisar nuestra comprensión sobre qué es lo que caracteriza a esta vida cristiana renovada.”
El agua como símbolo de limpieza y pureza, conecta con el símbolo de movimiento, que es regeneración constante, vitalidad. El agua que corre en las venas de personas, insectos y animales, en la savia de árboles y plantas y permite la vida, corre “ecuménicamente” por los arroyos y ríos hasta los mares y océanos, y bajan a las napas así como se evaporan hacia las nubes, y corren nuevamente como ríos de aire, permitiendo la vida en equilibrio en las diferentes partes de la casa común. Sabemos que desde la revolución industrial en adelante, la humanidad sigue destruyendo estos ciclos globales del agua, desde la deforestación extrema hasta la emisión de gases de efecto invernadero, pasando por el descongelamiento polar y la muerte de los arrecifes coralinos.
Las consecuencias son evidentes día a día, con eventos extremos de sequías e inundaciones, que afectan principalmente a los sectores empobrecidos. La crisis climática sigue avanzando, y los esfuerzos ecuménicos se vuelven escasos e intrincados. La tierra dañada nos exige comprometernos con una nueva vida, una nueva conciencia que nos conecte con la urgencia de un sistema de vida planetario del cual somos responsables, mayordomos y mayordomas de la Creación.
Josué Charbonnier
Secretario de Promoción
Centro Emmanuel