El aguayo no es solo objeto.
Es memoria y teología.
Para la ciudad, un aguayo es solo un mantel colorido. Pie de cama, cubre sillón, decoración.
Para un hermano, hermana aymara, el aguayo es agua viva.
Carga bebés, hamaca niños-as, levanta la cosecha, lleva el apthapi, lleva tus cargas, se hace ropa.
Es artesanal. Tejido en telar, con lanas de alpaca, llama u oveja, teñidas con la tierra.
Múltiple en su uso y único en su origen.
En sus colores, diseños e iconos te dice de qué pueblo viene, de qué tierra es, y cuál es su historia. Es como una foto tomada a mano: registra hasta el mínimo detalle de ese momento histórico.
No hay dos iguales, porque no hay dos vidas iguales. No hay dos pueblos iguales.
Lo sintético busca repetir, igualar, descartar. Pero no abraza, no sostiene ni cobija.
Incomprensible para nuestra razón, sí; pero la fe lo celebra, porque revela la gloria de un Dios que no hace copias, hace comunión en medio de la diversidad.
Y ahí está la Ruaj, el Aliento de Dios.
El mismo que en el principio se movía sobre las aguas y dio vida.
Es soplo que sigue tejiendo, antes, ahora y después.
Cuando valoramos lo artesanal,
valoramos la memoria,
la vida…
el rostro de Dios tejido en cada pueblo.
Porque donde hay tejido diverso, ahí está Dios.
Rebeca Huanto Hilari
Teóloga aymara