“Sobre todo revístanse de amor, que es el lazo de la perfecta unión. Y que la paz de Cristo reine en sus corazones, porque con ese propósito los llamó Dios a formar un solo cuerpo. Y sean agradecidos.”
Colosenses 3:14-15
En 1834 un grupo de valdenses disidentes, disconformes con lo que entendían como indiferencia religiosa, comenzó a congregarse cada 15 de agosto en las alturas de Angrogna, para predicar y recordar la historia de muchas generaciones comprometidas con la Buena Noticia. Es probable que la fecha haya sido resultado de una festividad católica de cumplimiento obligatorio. Algunas personas incluso, aunque al parecer sin fundamento claro, vinculan esta fiesta con un episodio del Glorioso Retorno de 1689.
Debido a su éxito, a partir de 1854 pasó a organizarse como una fiesta de toda la Iglesia; al comienzo estuvo a cargo de las Uniones Cristianas y luego fue declarada oficialmente. En sus mejores años eran jornadas extensas, las actividades iban desde la mañana hasta la tarde e incluían predicación, cantos, discursos históricos, avivamiento religioso, venta de libros y comidas. Una fiesta que en los Valles se da en pleno verano, aquí en el Río de la Plata es en temporada invernal por lo que celebrar con polenta al mediodía se volvió una tradición para muchas comunidades.
Aunque la mayoría de esos discursos eran apologéticos y poco críticos con el pasado, la festividad ha perdurado como un recordatorio de la identidad valdense. Una identidad que nos impulsa a celebrar la fe, tanto en nuestras actividades como en los múltiples ámbitos de participación social. Sin embargo, más allá de esta fuerte identidad valdense, el mayor signo de unidad de la iglesia debe ser siempre el amor, la fraternidad y la fidelidad al Evangelio, tal como Pablo les escribió a los colosenses.
Darío Dalmás