«Todo como de costumbre, pues el crecimiento económico es esencial para la prosperidad y el progreso ilimitado. El colapso inevitable, medido y estudiado, sabido y bastardeado, como una extinción inevitable y por ende, irresponsable. La esperanza como un condimento diario, como una acción consciente, desde el dolor necesario para compatibilizar con el resto del sistema de la vida hasta un propósito con fines sociales y ambientales concretos.»
De nada sirve debatir cuál de estos relatos es el correcto. Los tres están sucediendo. La cuestión es a cuál podemos y deseamos dedicar nuestras energías. Nuestras, siempre en plural, porque los efectos climáticos extremos son consecuencia de la acción humana, la acción colectiva más inconsciente e incomprendida hasta el presente: la crisis climática.
Desde organismos multilaterales a pueblos originarios se escucha a coro la misma denuncia contra la depredación de bosques, montañas, ríos y biodiversidad. La misma denuncia contra la polución y concentración de CO2 en la atmósfera, y las consecuencias climáticas cada año más devastadoras en grandes sectores de la población, aquellos históricamente postergados.
«Un cielo nuevo y una tierra nueva», la visión del Apocalipsis toma una nueva literalidad en este presente donde para seguir esperanzando, debemos soñar una humanidad regenerada, para una tierra regenerada y un cielo donde reine el aire fresco.
Josué Charbonnier
Centro Emmanuel