Lo lindo de encontrarnos

Compartimos esta nota escrita por Agostina Moreyra, integrante del grupo juvenil valdense de Reconquista, sobre el encuentro que mantuvieron en Barrio Nuevo junto al equipo Requinto el pasado sábado 2 de mayo.

Lo lindo de encontrarse con las y los jóvenes es que llegan con todo encendido: la risa fácil, preguntas que salen a flote cuando necesitan encontrar respuestas sobre aquello que les atraviesa en el día a día, el mate en la mochila y las ganas de compartirlo mientras el mundo sigue dando vueltas en sus cabezas.

En la intriga de saber qué pasa con los-as jóvenes y en la búsqueda de esperanza en nuestro día a día, basta que alguien tire una idea al aire para que otras y otros la agarren, la den vuelta, le pongan música y la devuelvan distinta. Así surgió este encuentro: en un diálogo intergeneracional con el objetivo de escucharnos y nutrirnos ante los dolores y emociones que trae consigo este presente. Un grupo de jóvenes de la comunidad valdense de Reconquista y las integrantes de Requinto mantuvimos varias videollamadas para planificar una instancia en la que pudiéramos hablar de nuestros miedos, de nuestros dolores, de la felicidad y de aquello que sentimos en nuestros cuerpos. Nos acompañaron también quienes forman parte del equipo pastoral, con la intención de reflexionar dónde está la esperanza en nuestro día a día.

La jornada empezó con la presentación de cada una y cada uno de nosotros, moviendo el cuerpo. Hicimos el ejercicio de caminar de distintas maneras: con cansancio, apuro, pasando al lado de una compañera o compañero sin mirarlo, frente a alguien desconocido, reencontrándonos con una persona que no veíamos desde hacía mucho o abrazando a alguien que queremos. A partir de esta actividad reflexionamos sobre cómo el cuerpo percibe las emociones y cómo muchas veces atravesamos los días sin detenernos verdaderamente en los encuentros, los gestos y las personas que queremos.

Reflexionamos también sobre cómo estas diversas emociones forman parte del vivir, y quisimos dejarlo plasmado en un mural. Ver a tantas personas juntas transformando una pared en una representación gráfica de la vida y de la importancia de encontrarse con otras y otros para hallar alivio, fue profundamente movilizador. Y ese sentimiento se volvió todavía más hondo cuando, en medio de todo, apareció el nombre de un amigo que ya no está: Rolón. En nuestra comunidad atravesamos hace muy poco su pérdida y entendimos que no hacía falta una fecha especial para recordarlo; su nombre aparece solo, en las conversaciones, en las anécdotas, en las risas compartidas. Por eso decidimos, con lágrimas en los ojos, que también formara parte del mural. Entre todas y todos fuimos pensando cómo dibujarlo: “le falta la gorra, él siempre andaba con su gorra”, “hay que hacerle los rulitos”, y entre risas alguien dijo: “también habría que dibujarle el termo, aunque a él le gustaba tomar mates y no cebarlos”.

Así, recordándolo desde los momentos más lindos, su presencia quedó también en la pared. Nombrarlo no duele como antes. Duele con una ternura que calienta el pecho. Porque recordarlo ahí, entre risas y anécdotas, es decirle: “Todavía estás en la mesa. Todavía sos parte de esto”. Hay algo en las juventudes: no esquivan el recuerdo. Lo integran. Hacen un lugar en la ronda, dejan una silla vacía sin drama y siguen construyendo con el presente.

Con este mural queremos transmitir que hay encuentros que no se planean para enseñar, sino para vivir. Espacios a los que llegamos sin el rol de expertas-os ni la intención de dar lecciones, sino con la disposición sincera de escuchar, observar y dejarse interpelar.

Así han sido mis experiencias al compartir con jóvenes, personas adultas y niñas-os: descubriendo que la verdadera riqueza no está solamente en lo que se dice, sino también en lo que se siente. En espacios seguros donde se respira libertad y espontaneidad, descubrimos que las infancias y juventudes no son solo energía desbordante, sino también profundidad, sensibilidad y una sorprendente claridad sobre aquello que desean para su futuro.

Escucharles es un acto de humildad. Sus palabras, muchas veces, llegan para cuestionar nuestras propias certezas. Cuando te saludan con esperanza, cuando te hablan de la vida con esa mezcla de ilusión y valentía, entendés que no solo están buscando ser escuchadas-os: también nos enseñan a volver a creer.

Estos momentos dejan huella, no solo porque una-o se contagia de su energía, sino porque nos recuerdan que la vida también se construye desde la espontaneidad, la honestidad y el permiso de soñar en voz alta. Compartir con las juventudes nos recuerda que no siempre se trata de guiar el camino, sino de caminar juntas-os un tramo y aprender en el proceso.

Para que estos encuentros sucedan, es muy importante agradecer a esas personas que están detrás de escena para esto salga lo mejor posible, para que no falte la comida en la mesa: nuestra querida comunidad. Queremos mencionar especialmente a Flor y Mymma, quienes nos visitaron desde lejos y, desde su propuesta, se hicieron parte de cada reflexión, de cada juego, canción y momento compartido, acompañándonos siempre con muchísimo cariño. Gracias por todo este trabajo.

Hoy solo queda gratitud. Gracias por permitirme vivir estos encuentros, por abrir espacios donde el diálogo es real y la conexión es genuina. Y que sigan llegando oportunidades para compartir, escuchar y vivir nuevos momentos que le den sentido a este camino.

Ver el futuro riéndose, y sentir que quienes se fueron también están ahí, sonriendo desde el fondo.

Publicado en Noticias.

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